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martes, 5 de mayo de 2009

PRIMER DÍA, SOMPORT-JACA (lunes, 27 de abril) 32 kilómetros

Nieva y ha debido hacerlo toda la noche. Desayunamos con el mismo espectáculo de la noche anterior, montes nevados casi en mayo, con la diferencia de que tenemos que empezar a andar en cuestión de minutos. El termómetro marca 0,5º sobre cero y eso, unido a veinte o treinta centímetros de nieve, complica la tradicional foto de inicio. Pero es lo que hay y nos ponemos en camino bastante abrigados con la única opción de caminar por la carretera ya que el camino como tal no existe, sepultado por la nevada. El descenso es fuerte pero estamos pletóricos de fuerzas y el paisaje ayuda. Nunca nos habíamos visto en otra durante los caminos precedentes; alguna vez hubo nieve pero ni mucho menos un espectáculo como el que hoy nos hace sentirnos unos privilegiados, motivo por el cual las cámaras de fotos no paran de trabajar. Hemos empezado a 1.640 metros y Canfranc estación, a 7,5 kilómetros por el monte y quizás un poco menos por carretera, se encuentra a 1.200. Es una pendiente tremenda pero descendemos sin especiales dificultades en medio de un paisaje de cuento al que sólo faltan las bolas para que parezca Navidad. Tras dejar atrás el pueblo creado alrededor de la estación de ferrocarril inaugurada a principios del XIX para la conexión con Francia y clausurada en 1970, las cosas cambian con rapidez. Desaparece la nieve y las montañas se muestran al natural en pleno desarrollo primaveral. Las sendas ya son practicables y retomamos el camino de los peregrinos. El sol luce a ratos sin calentar, lo que puede considerarse el tiempo perfecto para caminantes. Al rato atravesamos Canfranc-Canfranc, el pueblo original que casi quedó vacío con la construcción de la estación. Tan vacío que pese al elevado número de casas no tiene ni un bar. Teníamos intención de hacer una primera parada pero no tenemos otro remedio que seguir. El tentempié llega finalmente en Villanua, donde comenos las primeras tortillas de una larga serie durante toda la semana. El cansancio empieza a hacer mella pero la parte más dura de la jornada estaba por llegar. Nada más abandonar esta localidad el camino se endurece. Se llena de piedras de todos los tamaños que nos incomodan y obligan a caminar mirando hacia el suelo; en caso contrario el riesgo de torcedura es real. Con el paso de las horas las piedras se convierten en un verdadero agobio. Llegamos a Castiello de Jaca, un pueblo construido en una pendiente muy pronunciada y aquí ya estamos realmente cansados; en un bar damos cuenta de varios aquarius y hacemos bromas sobre el lugar común de que el camino aragonés, al parecer, no ofrecía mayores dificultades…
A un kilómetro aproximadamente de Castiello llega el momento cumbre que proporcionan casi todas las jornadas. Tenemos que atravesar el río Ijuez y no existe puente, solo unos estrechos poyetes de piedra que no ofrecen garantía de estabilidad y sí un gran riesgo en caso de caída. Tras algunos tanteos por parte de Alfonso, Juanma y Álvaro este último se lanza a una aventura que no termina precisamente bien. Casi logra llegar al final pero tropieza y acaba dándose de bruces contra un lecho de piedras ya en el borde del río. Fue un gran susto pero afortunadamente quedó en eso, aunque Álvaro reconoció que había sido una imprudencia. No sería la única a lo largo de la semana. Visto lo visto no queda otro remedio que hacer lo que habíamos tratado de evitar: descalzarnos, remangar los pantalones y cruzar a pie. Daba pereza y suponíamos, como así ocurrió, que andar descalzo sobre piedras no sería agradable. La más lista María José, que sin avisar y para envidia de todos tuvo la idea de calzarse las chanclas. Los demás sufrimos ya que el cauce era bastante ancho aunque el agua en ningún momento superaba los 30 ó 40 centímetros de altura. Hubo también quien trastabilleó y dio con su trasero en el agua, en una postura harto difícil para incorporarse, especialmente bajo el peso de la mochila. Pese a ello Susana logró mojarse más bien poco y Paco acudió rauda en su ayuda. Finalmente, Alfonso se dedicó a ayudar a unos cuantos a cruzar por una zona más segura.Como no hay mal que por bien no venga, al otro lado descubrimos que el agua fría era milagrosa para pies ya recalentados. Gracias al imprevisto tratamiento habían quedado como nuevos; varias veces tuvimos que repetir la operación en días sucesivos pero ya no lo vimos como una penalidad. No quedaba ya mucho hasta Jaca, menos de ocho kilómetros, pero estábamos deseando llegar. Eran 32 kilómetros de etapa y para el primer día no está mal. Lo peor fue el kilómetro final de llegada, una cuesta pronunciada con la que casi nadie (sólo los ávidos lectores de guías) contaba después de ocho horas de marcha. Como no había alternativa tiramos para adelante hasta llegar al albergue, agotados pero contentos. Ya se sabe que el primer día, la mochila pesa especialmente. Jaca tiene unos 13.000 habitantes y un centro cuidado con calles peatonales. El albergue es nuevo, poco más de un año, y han diseñado una especie de camaretas para dos que ofrecen una cierta intimidad aunque la habitación es colectiva. Está muy nuevo y los baños, unisex, impecables. Jaime y Paco se agenciaron lo que llamamos la "suite" que eran los mismos catres pero separados del resto por una cortina. Se vé que los chicos precisaban intimidad... Eso sí, a las 22:00 horas cerraban la puerta por lo que nos fuimos pronto a cenar, aunque optamos por hacerlo informalmente tomando unos vinos. Antes charlamos con tres madrileños, Pablo, Jesús y Vitorio, muy agradables, que llevaban el mismo plan que nosotros y con los que llegamos a hacer una cierta amistad. Ana y Porota echaron una carrera delante de ellos por la calle principal para darles a entender que estábamos en plena forma. Después nos confesaron que con esta carrerita los habíamos dejado anonadados, justo lo que se pretendía. En el paseo visitamos la catedral, impresionante y al regreso echamos una partida de cartas. Fue la única en toda la semana pues no encontramos hueco para una actividad lúdica a la que otros años nos dedicamos con mayor interés. La sala del albergue estaba decorada con carteles turísticos y el más cercano era de del monasterio de San Juan de la Peña. Juanma quedó prendado de esta soberbia construcción que se encuentra fuera del camino, pero no a gran distancia, y empezó a barruntar un posible desvío para conocerlo. Sus primeras gestiones para conseguir algún acompañante no tuvieron éxito.
Y lo último antes de dormir, la ración de Silence destinada a los roncadores. Era otra de las novedades de este año para evitar amargar la noche a los insomnes. Su éxito fue escaso, pero la verdad es que en días sucesivos su eficacia disminuyó todavía más.

TERCER DÍA, ARRÉS-RUESTA (miércoles, 29 de abril) 29 kilómetros

Desayunamos tranquilamente en El Granero del Conde y sobre las nueve de la mañana estábamos listos para hacer la foto del día y salir caminando. Jaime llegó enseguida, pues los de la posada fueron a Puente la Reina de Jaca a por pan y de paso lo trajeron.

Irache no empezó el día muy bien. Le dolía la rodilla antes de empezar y hubo quien pensó que así no podía seguir, pero no contaba con su aguante y su extraordinario tesón. La cuesta inicial de bajada de Arrés fue dura para ella, aunque poco a poco se fue entonando y del tema no volvió a hablarse.

Salimos de nuevo con la fresca en medio de un paisaje agradable y atravesando campos de cereal y de colza. No era una etapa díficil sobre el papel, si bien la realidad siempre es otra cosa. El perfil del camino no oscilaba pero las subidas y bajadas se hicieron costosas en varias ocasiones. Como durante todo el camino no íbamos a atravesar ningún pueblo en el que tomar un refrigerio, la posadera de Arrés nos había hecho unos bocatas sorpresa por aquello de que dejamos a su elección el contenido, con el requisito de que no fueran todos iguales.

A las doce, después de atravesar un nuevo río, ya estábamos dando cuenta de ellos, al menos de la mitad de ellos, y bromeando sobre los dos que nos habían tocado a cada uno. Un rato más tarde haríamos una segunda parada para tomar el resto de los bocatas y descansar un poco.

Cerca ya de Ruesta disfrutamos de uno de los parajes más agradables de todo el camino aragonés: una antigua calzada romana sombreada por enormes arbustos de boj y grandes acebos que lograban ocultar el cielo.

Fue de agradecer porque en ese momento salió el sol y hacía bastante calor. Fueron varios kilómetros en este plan con el pantano de Yesa a nuestra derecha y la sensación de pasear bajo palio. La pena era el estado del muro que bordeaba el camino, caído a tramos, lo que dificultaba el caminar y, sobre todo, anticipaba que pasado algún tiempo puede que no quede de él ni rastro.
Estábamos un tanto expectantes por el funcionamiento del albergue de Ruesta. Habíamos leído que el pueblo estaba abandonado y que la Confederación Hidrográfica había cedido dos edificios con este fin al sindicato CGT, organización situada a la izquierda de la izquierda sindical. Al parecer su objetivo es recuperar el conjunto del pueblo, una labor encomiable pero ciertamente complicada, como descubrimos tras pasear de forma secreta por sus calles.

Y digo secreta porque está prohibido y cerrado con vallas para evitar accidentes dada su avanzado estado de ruina. Nuestra entrada en el albergue fue gloriosa. La primera pared del pueblo estaba llena de consignas de todo tipo, como corresponde a un reducto cegetero. Además, el encargado nos echó un pequeño mitin un tanto infantil cuando se le preguntó por el pantano: «Es cosa de Franco, que era el que hacía estas cosas». En esa línea. La respuesta del grupo, por boca de Álvaro, no se hizo esperar. Cuando le pidió el DNI dijo que era ácrata y que no lo llevaba, y que tampoco era cosa de que se lo pidieran en un centro de la CGT. El chico no se lo tomó a bien y tuvimos que suavizar la situación. El interior del albergue era un poco como todos, normalito, lo mismo que los baños. Los edificios por fuera, en cambio, una maravilla. Pasamos gran parte de la tarde en uno de ellos disfrutando de una vista de valles arbolados y del sol, que se dignó acompañarnos, mientras tomábamos unas cañas y, de paso, poníamos los piés al sol.

Después encontramos a una persona automarginada de la sociedad que aspiraba a conseguir una casa en ruinas para recuperarla y quedarse a vivir. Con él, con el alberguero y con el cocinero, otro personaje curioso, mantuvimos una charla sobre la forma de vida en la sociedad, la necesidad de regresar al campo y como nos «estabulan» en las ciudades (en los pisos) para que cumplamos determinados objetivos y roles sociales. De alguna manera recordó etapas quizás de la Universidad, pero en ese marco pasamos un rato diferente. En cualquier caso, hablaban con aparente convencimiento. Por lo demás, el cocinero era un cocinillas con conocimientos de cierto nivel. Quizás por eso para unos peregrinos que se han pasado el día caminando y tienen hambre preparó una sopita (rica pero inconsistente) y un par filetitos de lomo a la naranja con rodajas de piña con raciones de pan algo escasas. Todo estaba bueno pero pienso que más de uno hubiera preferido los habituales espaguetis con un segundo de pollo con patatas, o algo así. Tras la cena estuvimos un rato al aire libre, poco porque hacía ya fresco, al ritmo de una música que parecía marca de la casa. Tras ello, a dormir.

Antes de cenar habíamos recorrido el pueblo guiados por el personaje que pretendía vivir al margen de la sociedad (no nos dijo como se financiaba, pues trabajar no parecía, pero consumir –fumar, comer y beber- si) y fue una suerte. Sin él no habríamos sabido como penetrar en su interior, y merecía la pena. Están en pie, muchas sin tejado, grandes casonas, dos torres del castillo de las seis originales, y gran parte de las calles de un pueblo con orígenes árabes y casi un milenio de historia. Construidos en la cresta de dos barrancos, desde la parte superior hay una vista excepcional del pantano, cuyo recrecimiento en 14 metros es la bicha de la gente de la comarca. Si se lleva a cabo anegará todavía más tierras de cultivo y forzará nuevas emigraciones. Las pintadas contrarias nos habían acompañado toda la jornada y a instancias del alberguero firmamos una alegación contra este recrecimiento. En la visita estuvimos con la concejala francesa del pueblo cercano a Lille, Thérese, y comprobamos que era una entendida en los caminos de Santiago. Había recorrido el de la Plata, el francés por supuesto, el portugués (¡había dormido en el albergue de Redondela y se sorprendió al saber que estaba hablando con gente de la villa!) y ahora venía desde Toulouse. Por su aspecto estaba más que jubilada, aunque con unas condiciones físicas aparentemente muy buenas.

QUINTO DIA, SANGUESA-MONREAL (viernes, 1 de mayo) 30 kilómetros

Las cosas no empezaron muy bien en este festivo día del Trabajo, aunque, para nosotros, era un día como los demás. Habíamos quedado con los del bar del cámping de Sangüesa en que desayunaríamos sobre las ocho y media. Pues bien, a la hora fijada, el susodicho bar estaba cerrado a cal y canto y ni síntoma de que fuera a abrirse en breve, por lo que asumimos que tendríamos que buscarnos otra alternativa para desayunar. Se suponía también que tendríamos que recuperar los 20 euros de la fianza, cosa que, ante la ausencia de cualquier responsable, tampoco iba a ser posible. Finalmente, Pablo, uno de los madrileños que seguía con problemas gastrointestinales que tenía pensado hacer la jornada en taxi por lo que decidió esperar y cobrar su fianza y la nuestra lo cual consiguió pasadas ya las once de la mañana. Fue entonces cuando le dijeron que alguien les había dejado una nota la noche anterior diciendo que no teníamos intención de desayunar…..¡Menuda cara!
Pero como no hay mal que por bien no venga, salimos de allí con nuestros vacíos estómagos y en el centro de Sangüesa encontramos una cafetería-pastelería estupenda donde nos hicieron hasta zumos y pudimos desayunar super a gusto. Y, cómo no, allí volvimos a encontrar casualmente a los dos compañeros de Pablo que ya terminaban cuando nosotros llegamos. Fue a la salida de allí cuando nos hicimos la foto que marcaba el inicio de la jornada.El caso es que enfilamos sobre el puente del río Aragón y, despreciando el desvío a Rocaforte, seguimos para ir hacia la Foz de Lumbier. Sabíamos que un primer tramo era por carretera y, por aquello del festivo, miles de coches (Juanma calculó sobre mil a la hora) habían decidido coincidir en el mismo tramo para dirigirse a quién sabe dónde. Esto provocaría después una polémica entre Jaime y Alfonso, asegurando el primero que tenían que dirigirse hacia algún punto o evento concreto y el segundo, que al parecer tuvo razón, que era simplemente la salida de los habitantes de Pamplona a disfrutar del puente en la montaña. Bueno, pues no sólo eran los de Pamplona, sino también los de San Sebastián, la Rioja y demás alrededores, como después pudimos saber. En esta parada, cerca del pueblo de Lumbier, nos percatamos de nuestro error pero ya era tarde para rectificar si no queríamos hacer unos ocho kilómetros por encima de los previstos.Teníamos que habernos desviado al llegar a Liédena para coger el camino de la Foz, pero las indicaciones de un empleado de una gasolinera a Porota y el fuerte viento reinante, unido al tráfico infernal de la carretera, sin duda nos hizo “tolear” y terminamos desolados, haciendo mogollón de kilómetros en medio de coches y camiones, abatidos de forma inclemente por el viento, ateridos (a que sí, Paco) y no vimos el espectáculo grandioso de la Foz de Lumbier que sin duda será una espina que nos tendremos que sacar cada uno cuando proceda. ¡Qué se le va hacer!.Fue un alivio, después de tantos kilómetros, salir de la carretera y entrar en el pequeño pueblo de Izco donde no había ni un bar ni nada parecido. Estábamos cansados, hambrientos y decepcionados y nos dirigimos al albergue donde nos recibió un triste hospitalero en su primer día de trabajo, más despistado que un pulpo en un garaje. Le dijimos que queríamos comer algo y nos abrió un armario en el que había latas . De inmediato nos pusimos manos a la obra para preparar una ensalada de espárragos, pimientos y bonito, y abrimos unas cuantas latas de fabada “Litoral”. Aquí estamos a ello.El hospitalero nos facilitó pan y también encontramos bebida en una especie de bar extraño que había en el mismo local. Es decir que resolvimos sin mayor problema. Recogimos, Juanma fregó los platos y otra vez al camino, pero esta vez sí, camino de verdad , en medio de un paisaje muy atractivo que, después de unas horas nos llevó hasta Monreal.Es un pueblo pequeño, la antigua "Mons Regalis" pero bastante próximo a Pamplona.

La avanzadilla de los que llegaron primero comprobó que el albergue estaba a tope, con muchas maletas a la entrada (que después resultaron ser de los alemanes con coche de apoyo, que acabaron en un hotel del aeropuerto de Pamplona) y sin nadie que controlara nada. Decidieron preguntar en una casa rural que había enfrente y sólo tenía tres habitaciones, para seis u ocho personas, por lo que las reservamos de inmediato. Hicimos una nueva visita al albergue y después de verificar cama por cama en una habitación comunitaria concluimos que había al menos sitio para seis por lo que se impuso nuevo sorteo a ver a quien le tocaba dormir en la casa o en el albergue. Excluímos a Paco y Jaime, que ya habían salido damnificados en Arrés, y al final se tuvieron que quedar en el albergue dos parejas: Alvaro y Beni y Alfonso y Feli. El resto nos instalamos en la casa rural que era bastante bonita. Irache, a pesar de sus dificultades en la rodilla, no dejó de sonreir todo el camino. Este es el puente de Monreal.Después de ducharnos y dar un paseo por el pueblo cenamos en una especie de centro social porque entre otras cosas era la única alternativa. La verdad es que la relación precio calidad, considerando que pagamos 9,50 euros cada uno por la cena, estuvo más que bien. Aparte de dos platos (uno de ellos de pollo guisado) nos dieron ensaladas y hasta postre. Antes de entrar vimos salir a las francesas, muy coloradas y contentiñas, diciendo que habían cenado muy bien y habían bebido mucho vino, por lo que se iban al albergue a dormir de inmediato y, sin duda, bien, bajo los solpores del vinacho. Considerando que eran las ocho de la tarde no es de extrañar que al punto de la mañana (es decir, antes de las seis) se levantaran ya pletóricas de actividad.
Esa noche conseguimos hacerle a la teniente O'Neal la foto de su pijama en el que invitaba a "poner sal a la vida".Esta otra foto de Porota, en el espléndido dormitorio de la casa, poniéndose la antiarrugas, también queda muy "peregrina".
Tal y como habíamos quedado con el dueño de la casa rural, quedamos para desayunar todos allí, a las ocho de la mañana del día siguiente, nuestro último día de camino.

SEXTO Y ÚLTIMO DÍA, MONREAL-PUENTE LA REINA (sábado, 2 de mayo) 31 kilómetros

Nos despedimos del camino aragonés con una etapa larga. A nuestro favor, que era la última. En el debe, que estábamos ya un poco cansados. Por lo demás, no nos desfraudó: fue el prototipo de una semana nominalmente cómoda que balda al más experto.En este caso, la foto tuvo que ser automática Ese día el tándem subida-bajada rompepiernas se repitió hasta la extenuación aunque no teníamos a quien quejarnos: vinimos voluntariamente y el cansancio forma parte del rito. Ya en camino el tiempo fue un aliado excepcional: habían anunciado sol radiante y sólo apareció a ratos, dominando mayormente las nubes y casi siempre con una brisa agradable.
Antes de salir disfrutamos en el hotelito de Monreal con un desayuno que se salió de lo normal sólo con añadir un bizcocho casero y un batido natural de fresa y cereales. Riquísimo y por cuatro euros. Así, trota que te trota, bordeamos Pamplona desde unas colinas por el sur y tratamos en todo momento de no alejarnos en exceso unos de otros. Era el último día y preferimos dejar las escapadas para mejor ocasión. Gran parte del recorrido lo hicimos junto al canal de Navarra, una obra impresionante de 177 km que se encarga de transportar el agua del pantano de Itoiz con el objetivo oficial de regar 53.000 hectáreas.A media mañana paramos en Tiebas y degustamos ¡una vez más! las consabidas tortillas congeladas. A buen hambre no hay nada que se le resista, pero da un poco de noxo. Según se comprueba en la foto nos hicimos también con unos bombones de chocolate helados que estaban magníficos. En cualquier caso, es lo que había y como dice el artículo primero del reglamento del peregrino, hay que adaptarse.En medio de la etapa hubo un momento en el que nos retrotraímos al camino del año pasado. En el exterior de un pozo vimos una numeración que nos pareció sospechosa por motivos obvios y todos, los doce, pasamos en silencio. Viendo la foto no hay nada que explicar: dedujimos que nuestro compañero del año pasado, de mote Ulpiano y por identificación más real H14, había decidido hacerse presente para que supiéramos que en todo momentos nos estaba controlando. Mensaje recibido. Poco después hicimos un alto para retozar bajo unos árboles y salió el tema del Kumano. Hubo momentos durante la semana en que lo habíamos abordado, pero esta vez más a fondo. Dimos vueltas a fechas y opciones y quedamos en seguir trabajando por libre hasta septiembre, enviándonos unos a otros la información que fuéramos recopilando. En ese mes tendremos que decidir la fecha del viaje y ponerlo todo en marcha para la adquisición de los billetes de avión. Sin duda, así será.
Y poco más hay que contar salvo que unos kilómetros antes de llegar a destino disfrutamos de la iglesia de Santa María de Eunate, un templo románico de planta octogonal rodeado en toda su extensión por un anillo de arcadas.Esta es la imagen que presidía el altar mayor. Poco después atravesamos Obanos, pegadito a Puente la Reina y muy atractivo por mantener su estructura histórica y por sus casonas e iglesias. Eso sí, la cuestecita de entrada tampoco se nos va a olvidar. A partir de aquí, ya sí con el sol calentando de plano y bastante cansados, llegamos en un santiamén al hotel Jakue, por suerte situado en nuestra entrada. A unos cien metros fuimos llegando y parando para darnos un sentido abrazo. Tanto, que hubo quien no pudo contener las lágrimas (¿te acuerdas, Irache?). Al darnos cuenta, la emoción que todos sentimos aumentó varios enteros.
Y a partir de aquí, fiesta si no rachada si muy satisfactoria. Ducha en el hotel, algunas cañas y paseo por el pueblo, que algunos no conocían, aunque la mayoría sacamos a colación el fin de etapa del año que empezamos el camino francés en San Jean Pied de Port, allá por el lejano 2005. Coincidió que esta vez jugaban Real Madrid-Barcelona en un partido que decidía la liga, y en nuestro paseo por el pueblo, con un inolvidable vino en un bar degustando unas bravas, empezó la goleada. De camino para el restaurante seguimos enterándonos de la debacle madridista, que finalizó con un resultado sorprendente de 6-2 en su contra. Antes de este paseo nos habíamos despedido de los madrileños, que nos esperaron para darnos el adiós y devolvernos la fianza de Sangüesa, esos 20 euros que el alberguero nos había escamoteado. A fin de mantener el contacto intercanbiamos emails y no dudo que algún día volveremos a vernos. De entrada, nos invitaron a una fiesta en junio o julio en Colmenar. Si no es en ese momento será en otro.
En la foto siguiente aparecen Paco y Alfonso en un monolito, en Guerendiain, en el que se recoge el saludo peregrino: "Buen Camino". Ellos dos fueron precisamente los acreedores de los títulos de este año. Paquito, "Conde de Arrés", porque fue el único que durmió en el angosto albergue de ese pueblo y, en definitiva, se sacrificó por todos los demás. Además, el título resultó ajustado porque Arrés tenía Conde ya que, no en vano, los demás dormimos en "El granero del Conde". Alfonso quedó apodado por Jaime como "Back Silver", espalda plateada. La verdad es que fue un falso novato que tiraba de la expedición a base de bien. Tanto él como Fely resultaron unos nuevos compañeros fenomenales aparte de bien entrenados y equipados. Lo del restaurante de la cena, el mesón del Peregrino, fue otra historieta. Situado junto al hotel, es de alto nivel y recomendado en la Guía Michelín. Susana y Ana, por aquello de que sus nombres riman, tomaron la semana anterior la iniciativa de reservar la cena para el final del camino por aquello de darnos un homenaje. No es cuestión de entrar en detalles pero la cosa no salió como pensábamos. En lo físico un local excelente en cuanto al reservado en el que nos colocaron, mobiliario, decoración y demás, . De la comida no podemos siquiera recurrir a lo de manifiestamente mejorable sino lisa y llanamente definirla como decepcionante: raciones ridículas y para nada interesantes desde el punto de vista gastronómico. Eso sí, los precios altos. Pese al recorte de pedir un vino de la gama inferior y suprimir los postres superamos los 50 euros per cápita. Un fiasco. Para más inri, la maitre nos respondió con un malhumorado y casi despectivo «…¡es una pena!» cuando decidimos prescindir del postre. Había que pedirlo al principio porque supuestamente tardan media hora en prepararlo. De entrada nos pareció una pasada pagar 20 euros por el cierre de la comida y vistos los entrantes y el plato principal fue lo mejor que hicimos.A pesar de todo, el entorno y la mesa eran espléndidos. Lástima lo demás Tras la cena regresamos al hotel donde el vigilante de noche, un marroquí de Marraquech, se avinó a servirnos una copa pese a que el bar estaba cerrado. Aparecieron el hijo Beni y Álvaro, Roi, con Nerea, para despedirse de sus padres y un rato después nos fuimos a descansar. Por la mañana, desayuno comunal junto a un grupo de pontevedreses que estaban haciendo la ruta en bici (los descubrimos por su equipación de Froiz) y cada mochuelo a su olivo. No obstante, volvimos a coincidir en un hotel cerca de Puebla de Sanabria donde ya, sí, nos despedimos con un poco de nostalgia pero ilusionados pensando en el próximo ejercicio en Japón.
Hasta entonces.